Ayer
tarde nos llegó a la consulta un paciente deportista que había sufrido semanas
atrás una caída. A pesar de que con el paso de los días había mejorado de sus
síntomas, aún arrastraba molestias puntuales. Lo que nuestro paciente no se
imaginaba es que durante los próximos días la caída sería el menor de sus
problemas. Acudió por recomendación a alguien que más tarde se identificaría
como quiromasajista. Ignoraba la formación de aquellas manos en aquel momento.
Después de todo, rompiendo una lanza a su favor, no solemos llevar el coche a
un taller y preguntarle al mecánico “¿Usted tiene formación en mecánica de
automóviles? Vamos, ¿que si es
mecánico...?”. Sin entrar en detalles terapéuticos, pues no es el objetivo de
esta entrada, le acabaron tratando la rodilla de forma que ésta acabó en peor
estado del que se encontraba en un principio, arrastrando durante semanas una
fuerte inflamación y dolor que le impedían hacer vida normal. Imaginaos, entras
con una lesión, y sales con dos. En lugar de criticar este hecho desde nuestra
constante lucha contra el intrusismo, vamos a canalizarlo de una forma más
positiva aprovechando para identificar lo que a nuestro parecer nos diferencia de
individuos como estos. En algunos casos, estamos hablando incluso de
fisioterapeutas titulados.
Durante
las sesiones en la consulta, como terapeutas acabamos teniendo diariamente
cantidad de conversaciones siempre interesantes y enriquecedoras, que hacen de
cada día un precioso aprendizaje. Cuando la persona que se tumba en la camilla
tiene formación universitaria, solemos coincidir, siempre entre risas, sobre
qué aprendimos durante los años de carrera. Una filosofía, una manera de trabajar,
un modo de discurrir, unos pasos a seguir, unas normas y un código ético que
respetar, una dirección hacia dónde dirigirnos. Hay mil y una formas de
llamarlo. Pero decimos entre risas porque (os sentiréis identificados) tras
terminar tu formación universitaria es poco probable que recuerdes poco más que
alguna técnica y la sensación sea bastante cartesiana (“Sólo sé que no sé
nada”). Después de todo es cierto eso de que la experiencia es la que va
completándonos como profesionales. Pues bien, eso que hace que los
fisioterapeutas hagamos correctamente nuestro trabajo, pese todas esas formas
de llamarlo, podríamos definirlo eficazmente como RAZONAMIENTO CLÍNICO.
Habéis leído
bien. El razonamiento clínico de un fisioterapeuta es la llave para que, si
alguien cae en manos de un quiromasajista, masajista, quiropráctico... al
compararnos encuentres “las 7 diferencias”. Muchos compañeros de profesión
comparten esta opinión. Nos explicamos; si nuestra formación se limitara a
conocimientos sobre anatomía, pruebas diagnósticas, patologías y técnicas
manuales, acabaríamos ciñendo al paciente a lo que sabemos, en lugar de
adaptarnos a los problemas que debemos ir detectando en la persona, puesto que
esa sabiduría carecería de un razonamiento, una forma y una dirección en la que
emplearlos. Este material constituiría el tronco de toda la formación, cuando
para el fisioterapeuta esto no debe suponer más que ciertas ramas que, sin
dejar de ser importantes, hay cosas que lo son todavía más. Veríamos al
paciente como “tendinitis”, “roturas” o “contracturas”. Tendríamos las
herramientas para arreglar el coche, pero no sabríamos que cada coche trae un
motor distinto, pese a que hagan el mismo ruido en carretera. En su lugar, lo
correcto es ver personas que debes entender, conocer, calmar en muchos casos, motivar,
buscar la raíz de su problema, encontrarla (aunque a veces no estés formado
para ello y debas derivar), seguir una serie de criterios diagnósticos,
plantearte a continuación unos objetivos con su salud, elegir las técnicas más
adecuadas según su dolor, sus miedos...y evaluar constantemente lo que haces
porque, si no te funciona, hay que volver a ejecutar los pasos que has seguido,
valorando el diagnóstico o el tratamiento, si has cumplido los objetivos que te
planteaste, si la persona ha recuperado su salud en todos los sentidos (ánimo,
movilidad, lenguaje corporal, vitalidad...). De este modo ya no veríamos sólo
lesiones, no veríamos siempre lo mismo, no aplicaríamos lo mismo. Pese a que 2
pacientes traigan como síntomas una contractura en la espalda, las razones
probablemente sean diferentes, las circunstancias en las que aparecieron serán
diferentes y en definitiva cada uno necesitará un tratamiento (en todo su
amplio sentido) diferente.
Para
nosotros esto es lo que hace mágica nuestra profesión. Por ello cada día
debemos formarnos, crecer, y estar alerta porque dado que cada persona tiene un ADN distinto, nos hace ser ÚNICOS. Y no podemos trataros de otra forma. Al
mismo tiempo, debemos defender nuestras competencias, lo que somos, y hacerlo
llegar. En el fondo, esto es lo que hace que los pacientes acaben confiando en
nuestra labor, poniéndose en nuestras manos y que nosotros nos sintamos
orgullosos de lo que somos y de lo que hacemos.




No hay comentarios:
Publicar un comentario