domingo, 16 de noviembre de 2014

LAS 7 DIFERENCIAS TERAPÉUTICAS. RECHAZA IMITACIONES

Ayer tarde nos llegó a la consulta un paciente deportista que había sufrido semanas atrás una caída. A pesar de que con el paso de los días había mejorado de sus síntomas, aún arrastraba molestias puntuales. Lo que nuestro paciente no se imaginaba es que durante los próximos días la caída sería el menor de sus problemas. Acudió por recomendación a alguien que más tarde se identificaría como quiromasajista. Ignoraba la formación de aquellas manos en aquel momento. Después de todo, rompiendo una lanza a su favor, no solemos llevar el coche a un taller y preguntarle al mecánico “¿Usted tiene formación en mecánica de automóviles? Vamos,  ¿que si es mecánico...?”. Sin entrar en detalles terapéuticos, pues no es el objetivo de esta entrada, le acabaron tratando la rodilla de forma que ésta acabó en peor estado del que se encontraba en un principio, arrastrando durante semanas una fuerte inflamación y dolor que le impedían hacer vida normal. Imaginaos, entras con una lesión, y sales con dos. En lugar de criticar este hecho desde nuestra constante lucha contra el intrusismo, vamos a canalizarlo de una forma más positiva aprovechando para identificar lo que a nuestro parecer nos diferencia de individuos como estos. En algunos casos, estamos hablando incluso de fisioterapeutas titulados.






A pie de calle se piensa que la diferencia está a nivel formativo, en cuestión de cantidad. Y por una parte es cierto, pero estamos nadando en la superficie. La formación en cantidad parece asegurarnos unos conocimientos más ricos en lo que concierne a técnicas, conocimientos de anatomía, pruebas diagnósticas, herramientas psicológicas, etc... Sin embargo, no es tan importante la cantidad como la calidad. Al fin y al cabo, todo eso está al alcance de cualquiera en las bibliotecas. La cuestión es ¿qué hacemos con ese material?




Durante las sesiones en la consulta, como terapeutas acabamos teniendo diariamente cantidad de conversaciones siempre interesantes y enriquecedoras, que hacen de cada día un precioso aprendizaje. Cuando la persona que se tumba en la camilla tiene formación universitaria, solemos coincidir, siempre entre risas, sobre qué aprendimos durante los años de carrera. Una filosofía, una manera de trabajar, un modo de discurrir, unos pasos a seguir, unas normas y un código ético que respetar, una dirección hacia dónde dirigirnos. Hay mil y una formas de llamarlo. Pero decimos entre risas porque (os sentiréis identificados) tras terminar tu formación universitaria es poco probable que recuerdes poco más que alguna técnica y la sensación sea bastante cartesiana (“Sólo sé que no sé nada”). Después de todo es cierto eso de que la experiencia es la que va completándonos como profesionales. Pues bien, eso que hace que los fisioterapeutas hagamos correctamente nuestro trabajo, pese todas esas formas de llamarlo, podríamos definirlo eficazmente como RAZONAMIENTO CLÍNICO.






Habéis leído bien. El razonamiento clínico de un fisioterapeuta es la llave para que, si alguien cae en manos de un quiromasajista, masajista, quiropráctico... al compararnos encuentres “las 7 diferencias”. Muchos compañeros de profesión comparten esta opinión. Nos explicamos; si nuestra formación se limitara a conocimientos sobre anatomía, pruebas diagnósticas, patologías y técnicas manuales, acabaríamos ciñendo al paciente a lo que sabemos, en lugar de adaptarnos a los problemas que debemos ir detectando en la persona, puesto que esa sabiduría carecería de un razonamiento, una forma y una dirección en la que emplearlos. Este material constituiría el tronco de toda la formación, cuando para el fisioterapeuta esto no debe suponer más que ciertas ramas que, sin dejar de ser importantes, hay cosas que lo son todavía más. Veríamos al paciente como “tendinitis”, “roturas” o “contracturas”. Tendríamos las herramientas para arreglar el coche, pero no sabríamos que cada coche trae un motor distinto, pese a que hagan el mismo ruido en carretera. En su lugar, lo correcto es ver personas que debes entender, conocer, calmar en muchos casos, motivar, buscar la raíz de su problema, encontrarla (aunque a veces no estés formado para ello y debas derivar), seguir una serie de criterios diagnósticos, plantearte a continuación unos objetivos con su salud, elegir las técnicas más adecuadas según su dolor, sus miedos...y evaluar constantemente lo que haces porque, si no te funciona, hay que volver a ejecutar los pasos que has seguido, valorando el diagnóstico o el tratamiento, si has cumplido los objetivos que te planteaste, si la persona ha recuperado su salud en todos los sentidos (ánimo, movilidad, lenguaje corporal, vitalidad...). De este modo ya no veríamos sólo lesiones, no veríamos siempre lo mismo, no aplicaríamos lo mismo. Pese a que 2 pacientes traigan como síntomas una contractura en la espalda, las razones probablemente sean diferentes, las circunstancias en las que aparecieron serán diferentes y en definitiva cada uno necesitará un tratamiento (en todo su amplio sentido) diferente.



Para nosotros esto es lo que hace mágica nuestra profesión. Por ello cada día debemos formarnos, crecer, y estar alerta porque dado que cada persona tiene un ADN distinto, nos hace ser ÚNICOS. Y no podemos trataros de otra forma. Al mismo tiempo, debemos defender nuestras competencias, lo que somos, y hacerlo llegar. En el fondo, esto es lo que hace que los pacientes acaben confiando en nuestra labor, poniéndose en nuestras manos y que nosotros nos sintamos orgullosos de lo que somos y de lo que hacemos.


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