Todos
conocemos a alguien que se ha tratado con acupuntura. La gran mayoría habla maravillas de
esta terapia. Pero, realmente, ¿sabemos por qué? No sabemos cómo, pero sin notar su impacto, sí
que percibimos después sus grandes efectos. No siempre es sensible a nuestra
percepción su influencia sobre el organismo, y lo cierto es que en el mundo de
la terapia no existe una relación unidireccional, en la que la acción del
terapeuta sea la protagonista para devolver el estado de salud al paciente.
También el paciente tiene mucho que decir en ello, momento en el que entra en
juego lo que llamamos predisposición, receptividad o sugestión.
Al igual
que cuando nos arreglan el coche nos gusta saber qué le ha ocurrido para que no
arranque, también nos interesamos por saber qué ocurre en nuestro cuerpo para
que éste no se encuentre con una salud de hierro y en plenas facultades. Por
ello, bajo una mirada muy occidental, la acupuntura en realidad tiene un
sentido muy lógico que satisface esos desiertos mentales que no nos permiten
comprender cómo funciona y, por tanto, no estar tan abiertos a tratarnos con
ella.
Desde
la medicina tradicional china se identifican 3 tesoros de la vida. Jing
(esencia), Shen (espíritu) y Qi (energía). Son entidades claramente distintas
pero completamente interdependientes. Abarcan los 3 niveles fundamentales de la
existencia en todos los seres vivos: el físico, el mental y el energético.
En la medicina
tradicional china es precisamente esta energía vital denominada Qi, que
significa literalmente “aliento”, “aire”, la que da vida a todos los seres
vivos.
Su forma
más elemental es una “energía primordial”,
la cual nace con el estallido original
de energía pura que se produce en el momento de la concepción. Esta energía es
similar a una batería
que comienza a disiparse en el instante mismo del nacimiento, y la velocidad a
la que se agota en cada individuo determina la duración de su vida. Otras formas
de Qi se refieren a la energía vital en su aspecto volátil, cinético y activo,
que se absorbe directamente de la atmósfera al respirar, así como a la energía
que se extrae de las sustancias nutritivas esenciales procedentes de los
alimentos y el agua. Cuando el Qi de la tierra,
extraído de los alimentos y el agua, se encuentra con el Qi del cielo,
absorbido del aire, se mezclan en la corriente sanguínea para formar esa única
variedad de energía vital que confiere vida al organismo.
¿Podemos modificar la velocidad con la que se agota esta energía
primitiva? Indudablemente sí,
ya que esto explica que la mala alimentación y la mala respiración no produzcan
en los niños unos síntomas tan graves como en los adultos, ya que aquellos aún
están protegidos por sus poderosas “baterías”. Pero recurren a estas baterías
para compensar la mala nutrición y otros hábitos negativos, acelerando la
disipación de la energía y sembrando una debilidad crónica en la edad adulta.
En occidente se tiende a rechazar el hecho de que existan unas corrientes cósmicas que fluyen por el organismo humano y lo controlan. Aunque “Qi” carece de sinónimo exacto en la lengua europea, se le puede denominar “energía biónica”, ya que combina la idea de una energía viva (bio-) con la idea de electricidad, concretamente iones de carga negativa(-iónica), ideas que abarcan la naturaleza esencial del Qi. Cuando el nivel de energía biónica del cuerpo disminuye, todo el organismo pierde vitalidad y se hace vulnerable a la enfermedad y la muerte prematura.
En
Francia, puerta de apertura a la medicina tradicional china para el mundo
occidental, ya el Dr. J. Belot lo anticipaba cuando afirmaba que “cuando
consideramos la vida orgánica a la luz de la biofísica, los fenómenos
eléctricos se hallan en la raíz de la vida celular, llegando a la conclusión de
que al final de todo hay una carga eléctrica”.
En
marzo de 1968, el rotativo francés “Le Monde” publicó que la presencia de iones
negativos en el aire facilita la absorción del oxígeno y la eliminación de
dióxido de carbono en los alveolos pulmonares, mientras que los iones positivos
producen el efecto contrario. Los gases tóxicos, al ser liberados en la
atmósfera, toman forma de iones positivos. El aire puro del campo contiene como
media una proporción de dos o tres iones negativos por cada ion positivo. En
las ciudades, esta proporción se invierte hasta situarse en un ion negativo por
cada 300 o 600 iones positivos.
El Qi necesita un poderoso campo eléctrico que lo impulse. Por
tanto, la longevidad del hombre depende en muy gran medida de la continuada
presencia de un campo eléctrico lo bastante potente. Las funciones
fisiológicas más importantes (la actividad cardíaca, respiración, digestión...)
se ven favorecidas y estimuladas éste. Es lógico concluir que muchas
enfermedades modernas puedan atribuirse a la ausencia o reducción considerable
del campo eléctrico natural en las grandes ciudades.
¿Cómo
se mueve este campo eléctrico por el interior del cuerpo? Siguiendo circuitos
definidos conocidos como meridianos, formando una red de canales invisibles
que transportan Qi a todos los tejidos del cuerpo. La terapia por acupuntura
manipula la energía vital a través de los puntos que forman esta red de
meridianos en el cuerpo.
El Dr. Biancini y el Dr. Dimier realizaron investigaciones sobre la electricidad humana, de forma que usaron un galvanómetro sumamente sensible que les permitiera detectar esta electricidad. Así, descubrieron que los puntos de acupuntura chinos mostraban un poder de transmisión excepcionalmente marcado. En personas de buena salud, la carga eléctrica se situaba en un promedio de 8 Ma. En personas cansadas, la medición era de apenas 1 – 2 Ma., mientras que en personas excitadas llegaba a ser de 15 Ma. (viven en un estado de cortocircuito permanente, haciendo “reventar sus baterías”).
Es por ello que, en el fondo, el máximo potencial de la acupuntura como terapia se extrae
desde un punto de vista esencialmente preventivo,
algo que en occidente, donde nos incluimos, es una filosofía totalmente
contraria a nuestro modo de actuar. Visitamos desesperados al médico o al
fisioterapeuta exigiendo y rezando por una cita urgente para “parchear”
nuestras dolencias y enfermedades. Después, nos olvidamos apenas mejoren los
síntomas del cuidado del organismo hasta nuevo aviso. La fisioterapia tiene un
campo de acción paliativo, curativo pero sobre todo preventivo. Por este motivo,
aprovechando la inercia de las agujas, siempre
invitamos al paciente (una vez quede olvidada la lesión) a tomar consciencia de su cuerpo, mente y espíritu, de
adoptar una saludable afición por cuidarse y, tal y como siempre nos marcamos como
objetivo, establecer una visita periódica cada 3-4 semanas que nos ayude a
mantener siempre el organismo en armonía.Fuente: El Tao de la Salud, el Sexo y la Larga Vida. DANIEL REID



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